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El Ártico en disputa: recursos, clima y pueblos indígenas

por | Ago 28, 2025 | Pueblos Indígenas, Relaciones Internacionales, Seguridad Humana

El deshielo acelerado en el Ártico ha convertido a la región en un espacio geopolítico estratégico y, al mismo tiempo, en un laboratorio de inseguridades humanas. La explotación de recursos naturales, la apertura de nuevas rutas marítimas y la presión militar de potencias globales se cruzan con los derechos de los pueblos indígenas y la fragilidad de un ecosistema único. Analizar el Ártico desde la seguridad humana permite comprender cómo el cambio climático y la competencia internacional amenazan simultáneamente la vida, la cultura y la dignidad de millones de personas.


El Ártico se calienta a un ritmo dos a tres veces superior al promedio global. Estudios climáticos proyectan que, para mediados de siglo, el océano Ártico podría experimentar veranos prácticamente libres de hielo. Este deshielo tiene consecuencias directas en la seguridad ambiental: pérdida de biodiversidad, alteración de corrientes oceánicas y retroalimentación del calentamiento global por la reducción del albedo. Pero también tiene implicaciones humanas inmediatas. Las comunidades que habitan la región —incluidos inuit, samis, nenets y chukchi— dependen de un equilibrio ecológico que hoy se ve profundamente alterado.

La seguridad económica emerge como un punto crítico. El retroceso del hielo abre acceso a vastos recursos naturales: hidrocarburos, minerales estratégicos y nuevas rutas marítimas como el Paso del Noreste. Los Estados ribereños (Rusia, Canadá, Estados Unidos, Noruega y Dinamarca) han intensificado su presencia para explotar estas oportunidades. Sin embargo, los beneficios económicos se concentran en grandes corporaciones y gobiernos, mientras las poblaciones locales enfrentan pérdida de medios de vida tradicionales, como la caza y la pesca, y crecientes costos sociales asociados a la degradación ambiental.

La dimensión alimentaria también se ve afectada. El deshielo y la contaminación derivada de la explotación industrial impactan en la seguridad alimentaria de los pueblos indígenas. Las reservas de peces y mamíferos marinos, base de su dieta, se reducen o se desplazan, obligando a modificar prácticas de subsistencia milenarias. Además, la bioacumulación de contaminantes en especies árticas compromete la salud de las comunidades, que dependen de ellas como fuente principal de proteínas y micronutrientes.

En materia de salud, los efectos del cambio climático se traducen en nuevos riesgos. El deshielo facilita la propagación de enfermedades antes inexistentes en la región y expone a las comunidades a mayor inseguridad alimentaria y estrés psicológico. La rápida transformación de su entorno provoca un fenómeno descrito como solastalgia: angustia por la pérdida del hogar ambiental. Al mismo tiempo, los sistemas de salud en territorios árticos suelen ser precarios y de difícil acceso, lo que incrementa la vulnerabilidad frente a emergencias climáticas y sanitarias.

La inseguridad personal y comunitaria está estrechamente vinculada a la militarización. En los últimos años, potencias como Rusia, Estados Unidos y China han reforzado su presencia militar y estratégica en el Ártico. La región, antes concebida como espacio de cooperación científica, es cada vez más un escenario de competencia armada y económica. Esta dinámica incrementa los riesgos de incidentes y accidentes, y genera tensiones que afectan directamente a las poblaciones locales. La presencia militar, además, limita el acceso de comunidades a territorios de caza y pesca, y debilita la gobernanza comunitaria.

La seguridad política también está en juego. Los pueblos indígenas han sido históricamente marginados en los procesos de toma de decisiones sobre sus territorios. Aunque existen foros de participación como el Consejo Ártico, la voz de estas comunidades suele quedar subordinada a los intereses estratégicos de los Estados. Esto erosiona el derecho a la autodeterminación y genera un déficit democrático en la gobernanza de la región. La presión por explotar recursos estratégicos, en un contexto de cambio climático acelerado, intensifica la vulnerabilidad política y cultural de los pueblos indígenas.

Desde el enfoque de la seguridad humana, el Ártico revela la interdependencia de todas las dimensiones de inseguridad. El cambio climático no solo es un problema ambiental: desencadena crisis económicas, alimentarias, de salud, personales y políticas. Al mismo tiempo, la competencia geopolítica agrava la inseguridad comunitaria y limita la capacidad de los pueblos indígenas de proteger sus medios de vida y su cultura.

Las respuestas deben orientarse hacia una gobernanza inclusiva y sostenible. Esto implica:

  • Fortalecer los derechos de los pueblos indígenas en la toma de decisiones sobre recursos y territorio.
  • Integrar la seguridad ambiental en las políticas de desarrollo económico, priorizando energías limpias y actividades sostenibles.
  • Reforzar los sistemas de salud y seguridad alimentaria en comunidades árticas.
  • Establecer marcos internacionales vinculantes que regulen la explotación de recursos y limiten la militarización de la región.

En conclusión, el Ártico no es un vacío helado disponible para la competencia de las potencias, sino un espacio habitado por comunidades con derechos y culturas milenarias que hoy enfrentan un futuro incierto. El paradigma de la seguridad humana obliga a desplazar la mirada de la soberanía estatal y la explotación de recursos hacia la protección de la vida y la dignidad de quienes habitan y dependen del Ártico. Si la comunidad internacional no incorpora este enfoque, el deshielo del Ártico no solo marcará un hito climático, sino también un fracaso en la construcción de un orden internacional centrado en las personas.