Seleccionar página

Seguridad alimentaria en África subsahariana: del hambre a la resiliencia comunitaria

por | Ago 29, 2025 | Misiones

La inseguridad alimentaria en África subsahariana continúa siendo una amenaza sistémica para la vida y el desarrollo. Sin embargo, iniciativas comunitarias innovadoras están emergiendo como respuestas efectivas que fortalecen los cimientos de la seguridad humana: garantizan alimentación, salud y dignidad, más allá de la mera asistencia.


África subsahariana concentra hoy una de las crisis alimentarias más graves del planeta. De acuerdo con el último informe conjunto de Naciones Unidas sobre El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (2024), más del 50 % de la población africana no puede permitirse una dieta saludable. Esto significa que más de 300 millones de personas padecen subnutrición crónica, lo que sitúa a la región como el epicentro del hambre mundial.

Las proyecciones son alarmantes. Para 2030, cerca del 60 % de las personas que sufren hambre en el mundo residirán en África subsahariana, según la FAO y el Programa Mundial de Alimentos. Esta tendencia no es únicamente el resultado de limitaciones agrícolas: confluyen factores climáticos, políticos y económicos que se refuerzan mutuamente.

En el plano climático, el continente se calienta a un ritmo más rápido que el promedio global. El Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) advierte que la productividad agrícola se ha reducido en torno a un 34 % desde 1961, con un impacto devastador en regiones como el Sahel o el Cuerno de África. Sequías recurrentes, lluvias torrenciales e inundaciones interrumpen ciclos agrícolas y erosionan suelos fértiles, dejando a millones de campesinos sin medios de subsistencia.

El conflicto es otro vector crítico. Países como Sudán del Sur, República Centroafricana o Somalia muestran cómo la guerra interrumpe cadenas de suministro y obliga a comunidades enteras a depender de ayuda internacional. En estos escenarios, el hambre se convierte en arma política: se bloquean rutas de abastecimiento o se destruyen cultivos para someter a la población.

En el plano económico, la dependencia de importaciones de cereales y fertilizantes hace a los Estados vulnerables a la volatilidad de los mercados internacionales. La guerra en Ucrania es un ejemplo ilustrativo: el alza en el precio del trigo y del aceite vegetal afectó de forma desproporcionada a países africanos donde estos productos constituyen parte esencial de la dieta. A ello se suma un 40 % de población viviendo en pobreza extrema, lo que limita la capacidad de los hogares para absorber estos choques.

El impacto sobre la salud es directo. UNICEF estima que uno de cada tres niños menores de cinco años en África subsahariana sufre retraso en el crecimiento debido a la malnutrición. Esta carencia de micronutrientes compromete no solo su salud inmediata, sino también su desarrollo cognitivo y educativo, perpetuando el ciclo intergeneracional de pobreza e inseguridad.

No obstante, reducir la crisis a un panorama de fatalidad sería incompleto. Desde la óptica de la seguridad humana, también es esencial visibilizar experiencias que generan resiliencia. En Kenia, el Instituto Nacional de Investigación de Recursos Genéticos ha preservado más de 50.000 variedades de semillas tradicionales, de las cuales cientos están siendo reintroducidas a través del programa Seeds for Resilience. Agricultores locales han recuperado casi 300 variedades resistentes a sequía y plagas, reforzando la seguridad alimentaria en comunidades rurales.

El papel de las mujeres es fundamental en esta transición. En Senegal, el movimiento campesino “We Are the Solution”, liderado por organizaciones de mujeres rurales, promueve el uso de semillas indígenas y prácticas agroecológicas. La FAO reconoce que las mujeres constituyen hasta el 70 % de la fuerza laboral agrícola en África subsahariana, y su inclusión en programas de liderazgo y gestión comunitaria ha demostrado efectos multiplicadores en la mejora de la nutrición y en la cohesión social.

La agricultura a pequeña escala también ofrece alternativas al modelo intensivo y dependiente de importaciones. Experiencias en Burkina Faso y Malí muestran cómo la recuperación de la técnica ancestral zaï —pequeñas cavidades en el suelo que retienen agua y nutrientes— ha permitido restaurar tierras degradadas y aumentar la productividad en zonas semiáridas. En Senegal, agricultores que combinan cultivos diversificados con ganadería tradicional triplican sus ingresos en comparación con los sistemas industriales con monocultivos.

A nivel regional, se están impulsando grandes iniciativas de restauración ecológica. El programa AFR100 busca restaurar 100 millones de hectáreas de tierras degradadas antes de 2030, mientras que en Nigeria el proyecto ACReSAL integra la rehabilitación de paisajes semiáridos con acceso a agua potable e infraestructuras comunitarias. Estos programas apuntan no solo a mitigar el cambio climático, sino a reforzar la seguridad alimentaria mediante la regeneración de ecosistemas y el fortalecimiento de instituciones locales.

En paralelo, modelos innovadores de apoyo agrícola como One Acre Fund —que ofrece paquetes de semillas, fertilizantes, capacitación y acceso a mercados— han demostrado que es posible incrementar ingresos de pequeños productores en más de un 30 % respecto a aquellos que no participan. Estos ejemplos muestran que la resiliencia comunitaria no es un concepto abstracto, sino una estrategia comprobada que salva vidas y fortalece la seguridad humana.

Conclusión

La inseguridad alimentaria en África subsahariana es un fenómeno multidimensional que afecta simultáneamente la seguridad económica, alimentaria, de salud, ambiental, personal, comunitaria y política de millones de personas. Las cifras son contundentes: más de 300 millones de hambrientos crónicos, la mayor incidencia infantil de desnutrición del mundo y una proyección de crecimiento de la crisis en la próxima década.

Sin embargo, existen también caminos de transformación. Los bancos de semillas tradicionales, las prácticas agroecológicas, los programas de restauración ecológica y las cooperativas de mujeres son expresiones concretas de resiliencia que deben escalarse. La clave está en pasar de la dependencia de la ayuda humanitaria a la consolidación de sistemas alimentarios propios, inclusivos y sostenibles.

El hambre en África subsahariana no es una fatalidad inevitable, sino el resultado de decisiones políticas, económicas y ambientales. La seguridad humana exige invertir en las personas y en sus comunidades como principal línea de defensa contra la inseguridad alimentaria.