El Indo-Pacífico se ha convertido en un espacio clave de competencia geopolítica, pero también en un escenario de creciente fragilidad humana. Los grandes ríos transfronterizos que nacen en el Himalaya —como el Indo, el Ganges, el Brahmaputra o el Mekong— sostienen la vida de más de mil millones de personas. Sin embargo, el cambio climático, la construcción de presas y la falta de cooperación efectiva entre Estados están transformando al agua en un factor de inseguridad que afecta simultáneamente a la economía, la alimentación, la salud y la estabilidad política.
El agua es un recurso esencial para la seguridad humana. Naciones Unidas lo reconoce como derecho humano desde 2010, pero la realidad en el Indo-Pacífico muestra lo lejos que está ese principio de cumplirse. Según datos del Banco Asiático de Desarrollo, alrededor del 30 % de la población en Asia meridional carece de acceso seguro al agua potable. La situación es más crítica en áreas rurales, donde comunidades enteras dependen de ríos cuyas dinámicas están determinadas por decisiones tomadas a cientos de kilómetros, en capitales nacionales o en proyectos hidroeléctricos transfronterizos.
Cambio climático y seguridad ambiental
El Himalaya, denominado la “torre de agua de Asia”, concentra la mayor reserva de hielo fuera de los polos. Su deshielo se acelera a ritmos históricos: estudios recientes muestran una pérdida de glaciares del 65 % en ciertas zonas en las últimas tres décadas. Esto genera un patrón de doble riesgo: inundaciones repentinas seguidas de sequías prolongadas. En Nepal y el norte de India, comunidades rurales ya reportan reducción de caudales que afecta la irrigación de arroz y trigo, pilares de la seguridad alimentaria regional.
Desarrollo y tensiones políticas
El agua también se ha convertido en recurso de poder. China, controlando los tramos altos del Brahmaputra y el Mekong, ha construido grandes represas como Zangmu y Nuozhadu, generando preocupación en India, Bangladés, Camboya y Vietnam. La Comisión del Río Mekong, establecida en 1995, es uno de los pocos foros regionales que busca cooperación en la gestión fluvial, pero sus decisiones no son vinculantes y su capacidad técnica es limitada frente a los proyectos de gran escala.
En paralelo, la Autoridad Nacional del Agua de Bangladés ha denunciado la reducción del caudal del Ganges en temporada seca, vinculada a la presa india de Farakka. Estos casos muestran que la seguridad política y comunitaria se ven directamente afectadas: campesinos sin agua para regar, pescadores sin capturas y poblaciones desplazadas por la construcción de infraestructuras sin procesos adecuados de consulta.
Iniciativas multilaterales y regionales
Existen esfuerzos internacionales para mitigar estas tensiones. El Programa Hidrológico Internacional de la UNESCO promueve cooperación científica en la región, mientras que la ONU-Agua impulsa marcos de gobernanza transfronteriza. Sin embargo, los avances más tangibles provienen de iniciativas locales y regionales.
- En Camboya y Vietnam, ONG ambientales y cooperativas de pescadores han documentado los impactos de las represas en la pesca del Mekong, creando redes de alerta comunitaria que alimentan la base de datos de la Stimson Center’s Mekong Infrastructure Tracker, un observatorio independiente que monitorea proyectos hidroeléctricos.
- En India y Nepal, universidades locales colaboran en sistemas de monitoreo de glaciares y lagos de origen glaciar para anticipar crecidas repentinas.
- La ASEAN, aunque centrada en temas económicos, ha empezado a incluir la seguridad hídrica en su agenda de resiliencia climática, vinculándola a la estabilidad social y al comercio.
Estos ejemplos muestran que, aunque los programas de Naciones Unidas aportan marcos normativos, la resiliencia depende en gran medida de la acción de comunidades locales y de la cooperación subregional.
Dimensión humana
El déficit de seguridad hídrica impacta de manera diferenciada en la población. Las mujeres y las niñas son las principales encargadas de recolectar agua en áreas rurales y, en contextos de escasez, recorren distancias más largas, con riesgos de violencia en trayectos inseguros. Para los agricultores, la pérdida de cosechas significa inseguridad económica; para los Estados, la presión social por la falta de agua se convierte en una amenaza política.
Conclusión
El agua en el Indo-Pacífico no es solo un recurso natural o una herramienta de desarrollo: es un factor determinante de seguridad humana. El cambio climático, la explotación intensiva y la ausencia de mecanismos sólidos de gobernanza convierten a los ríos transfronterizos en puntos de fricción regional. Reforzar la cooperación entre Estados es indispensable, pero igualmente lo es reconocer y fortalecer a las comunidades locales como actores en la gestión del agua. Solo así será posible transformar el agua de fuente de conflicto en motor de seguridad y dignidad humanas.